Espectacular despliegue policial: apenas incautaron 15 gramos de cocaína y medio kilo de marihuana. 24CON estuvo ahí.
Todo transcurre con una pulposa puesta mientras ella mira. Son cerca de las 7 de la mañana. La señora, bien esquilada por supuesto (en un barrio donde nada sobra), escudriña atónita el agite. Sin embargo, ni se mosquea cuando los extraños uniformados invaden sus pagos. El sol le tuesta el lomo y ella ni “mu”. La oveja negra del barrio hoy no está en las primeras planas de la ronda de mate mañanera. Hoy no es la misma de siempre. Hoy no es ella la “oveja negra”.
Ya son pasadas las 8 y un grupo de efectivos de la Bonaerense acorralan a la villa Santos Vega, ubicada en localidad matancera de Lomas del Mirador, desde hace unas horas. El mega-operativo parece de ciencia ficción (surrealista); y el objetivo, uno sólo: Detonar una bomba. La pregunta es inminente: ¿Qué hubiese sucedido en pleno Conurbano si esto fuese una peligrosa favela brasileña? Donde la mezcla de explosivos, violencia y extrema fe, repiten la postal a diario. ¿Cuánta milicia habría desplegado el cuerpo de seguridad?
Minutos antes de que empiecen con los efectos especiales, los cascos han apresado a cuatro jóvenes supuestos delincuentes, secuestrado 7 armas de distintos calibres y hallado drogas: 15 gramos de cocaína y 495 gramos de marihuana en un despliegue con más tintes mediáticos que policíacos.
Aunque el no tan importante decomiso de drogas queda automáticamente en segundo plano, porque la sorpresa (no tanto para la oveja que de desandar por la podredumbre y la desidia se acostumbró) era la existencia de un “explosivo muy peligroso”, según lo califica el comisario a cargo, Sergio Sudaire.
La mezcla entre lo fantástico –en todo el sentido que abarca el término- y lo inaudito, despierta la curiosidad de los habitantes del barrio. “Vení para acá que le trajeron un juguetito al nene”, le dice un hombre, que chusmea detrás de un hediento desagüe, a otro por handy. “Lo estaba mirando por la tele y quiso venir a verlo personalmente”, comenta otro vecino (que rancha a tres casas de allí y LO VIO POR TELE) al pasar y con su dedo apunta al crío más chico.
“¡Abran paso por favor!, que tiene que pasar el robot”, alerta un policía a los periodistas que se amuchan en un extremo y laberíntico pasillo. ¿Robot? Sí. Baires 2009 en pinta. Así todos le dan el salute de bienvenida al Robot Andros que viene marchando, estilo poli, y siendo domado a control remoto por un agente. Una suerte de Luke Skaywalker de estos tiempos pero más argento.
El aparato se sumerge de un sarpazo en el interior de la Santos Vega y se aleja de los transeúntes. Se pierde en el horizonte entre las manzanas 2 y 3 del precario lugar. Mientras unos 10 policías tratan de dominarlo (¿para qué hace falta el robot si los policías lo siguen muy de cerca?) hasta algunos con una sonrisa cómplice en su rostro, a la improvisada Dolly nada le importa. Ella pasta en su rutinaria llanura de moho, botellas de plásticos y desperdicios varios.
Por casi media hora no hay novedades. Los detenidos, entre los cuáles se encontraría un pibe “muy jodido apodado Chirola” y quienes supuestamente tenían las armas, fueron derivados a la comisaría. La granada, con toda su mística, todavía permanece dentro de una vivienda o por lo menos eso dicen. Entre el tumulto, también están presentes algunos bomberos, los que se dedicaron a cavar un pozo para amainar la explosión que sucedería un rato más tarde.
“Hace un calor…”, confesó el espontáneo y no menos irreal “astronauta” , uno de los hombres de la Superintendencia de Seguridad Siniestral, Dirección de Explosivos que tiene el ¿privilegio? de portar un pesadísimo y grueso traje estilo Nasa del tercer mundo para llevar a cabo su tarea y cumplir con el objetivo: Detonar la granada.
Cerca de 300 policías sitian la villa durante seis largas y para nada improvisadas horas. De repente, entre cables, camiones y expectativa (con doñas mateando en derredor) sale el robot (Andros para sus allegados) manoseando una bola oval. Una suerte de membrillo relleno con nitroglicerina. El cóctel mortal.
Caminata lunar hasta el pozo. Dolly, con su indiferencia, jamás hubiese imaginado durante su larga estancia dentro de Santos Vega que un día de octubre, cerca ya de las 10 de la mañana y frente a la resolana, se desayunaría unos pocos pastos y una nube de polvo. "¡Capún y sacudón!"… funde a negro (como la oveja misma).
29 de octubre de 2009