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Leopoldo Di Salvo es dibujante, grabador y pintor. Vive y trabaja en San Martín. Es egresado de la escuela de Artes Plásticas Antonio Berni y este año ganó el concurso para crear la bandera del partido de General San Martín.
La puerta de madera, algo derruida pero añejamente sólida, inspira respeto. De ella cuelga un cartelito escrito en tiza que indica: “Estoy en el estacionamiento”.
El taller de Di Salvo tiene las características de la cueva de un viejo lobo. Única, inimitable, invalorable, mística, con una radio que suena debajo de alguna pila de cosas, muchos cuadros, pinturas, grabados, esculturas, alambres, tacos, prensa, armarios, banquitos, atriles, latitas, etc. Una mezcla de experiencia, terquedad, creatividad, locura amor. “No le doy demasiada importancia a las cosas materiales, sino ahora estaría buscando un marchante o una galería de arte. Estaría desesperado mandando mails, y no, no me interesa” confiesa y, con el encendedor en la mano camino al anafe del fondo, pregunta: “¿Tomamos mate, no?"
Vive de la docencia y de su jubilación. Enseña imagen en el Conservatorio de Música de San Martín. Tan paradójico como que, en lo más íntimo, Leopoldo sienta que su propio apellido posea una inclinación musical: “Los Di salvo tienen portación de apellido. Mi abuelo, que vino de Italia era músico y tocaba instrumentos de viento. Mi padrino Luís Di Salvo también y mi hijo toca el contrabajo, instrumento de cuerda frotada, vive y trabaja en Mallorca”.
Antes de que ser una fábrica de arte, donde se cocina expresión, la “cueva” de Di Salvo era un taller donde Leopoldo se ganaba la vida pintando carteles para inmobiliarias: “Yo empecé a trabajar a los nueve años repartiendo diarios y nunca paré. Soy un laburante. También soy filetero” me apunta y trae una viola, donde se mezclan las curvas femeninas del instrumento con los trazos arrabaleros del artista.
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De entrada y sin vueltas, Leopoldo Di Salvo se revela fanático de Les Luthiers y Woody Allen. Inevitablemente la ironía se vuelve el hilo conductor de la conversación y así, la charla fluye lúdica hasta que el pulgar aprieta el rec.
¿Cómo se desarrolla el proceso de la creatividad en su trabajo?
Te lo puedo mostrar, yo hago manchas. Cualquier papel, hago manchas. Esas manchas me inspiran cualquier cosa y de ahí trabajo.
Leopoldo, mientras explica, extrae un papel pintado lúdicamente con tinta negra. No es una mancha y nada más, me explica, si bien no tiene una forma definida la mácula parece “hablar”, mostrar cosas. Cosas que aparecen a medida que él me las muestra. Entonces, me pide que preste atención a lo que parece una sombra de humedad en el techo. De pronto, del borrón indefinido, de la mezcla de restos de pintura, faltantes de revoque y hongos, se desprende un camello. Di Salvo apenas lo insinúa: “Esa es la cabeza ¿Ves las patas de atrás?” pregunta.
¿Por qué elige quedarse y desarrollar su arte en San Martín?
Pinta a tu aldea y pintarás el mundo. Yo quiero ser en San Martín, en Argentina. Yo estuve en Europa, y es relativamente fácil trabajar de esto, con un poquito de oficio uno puede trabajar tranquilamente, vivir de su obra. Pero yo quiero trascender acá. ¿Para qué trabajé tanto, enseñando? Si no puedo tener un reconocimiento público. Más que “¡Grande Leo!” Decir estoy entre la gente que hace que empuja que está haciendo algo nuevo, es más, el adjetivo más lindo que me dijeron el otro día en la inauguración de la muestra fue: “Yo pensé que era un pibe el que había hecho esto”, entonces eso es lo importante, esos mimos de la gente por ahí unos me conocen otros no. Yo pasé una época muy negra hace muy poco, que no quería grabar, no quería pintar no quería nada. Vos me preguntás: ¿Qué es lo que me mantiene? Y no lo sé, pero sé que no puedo para de hacer esto.
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